HackConservera

Su familia era de una aldea en el punto medio del triángulo entre Negreira, Mazaricos y Santa Comba. Ella había nacido allí, en una cuadra. Su primer beso fue una lamida de vaca. Pasó la infancia en aquella aldea aprendiendo a conocer materiales, texturas, animales y plantas. Su recuerdo más impresionante fue el día que vió por primera vez el mar. Un día su abuela cogió las llaves del coche sin que nadie se diera cuenta y dijera – niña ya conoces la tierra, ahora hay que presentarte al mar. Finisterra, fin del mundo, corte abrupto de granito modelado por las ondas espumosas de uha masa de agua bien activa. Un horizonte de agua. La pregunta para su abuela fue – Y ¿cuándo se acaba todo este agua, hay más tierra? ¿Vive gente en el fondo?.
Pasaron los años y la vida la llevó al mar. Una prima de un tío de un vecino que trabajaba en una fábrica de conservas en Bueu pasó un día por allí y pensó que podría hacer por adoptar a Sabela, tanto en la casa como para meterla en la fábrica a trabajar como su aprendiz. Ella era una mujer viúda del mar que necesitaba compañía y la familia de Sabela pensó que era una gran oportunidad para ella para conseguir trabajo, ayudar con dinero a la familia y, si todo iba bien, incluso casarse con un chico de esos de las Rías Bajas que tienen dinero.
Sabela llegó a una casa al pié del mar. Pero era un mar distinto. Éste parecía calmado, de mejor humor que el que viera en las tierras del norte. Miles de barcos faenaban cada día en los puertos, pero ella en vez de poder salir a ver qué había más allá estaba cerrada en una nave de trabes de hierro en una cadena de procesado de pescado. Ese era el trabajo de las mujeres, eso sí, unas mujeres bien diferentes a las que había conocido hasta el momento.
Sabela fue adaptándose a su nueva vida embasando pescado mientras que las mujeres contaban sus historias de la vida cotidiana. Pero ella estaba impresionada con las historias que contaban de sus hombres, de cómo era la vida en las tierras más allá del mar y de las aventuras entre las ondas. Se entretenía también pensando en cada uno de los peces que enlataba. Inventaba ciudades sumergidas, lenguas de peces, otros seres que habitarían en el mar. Cada día se abstraía más en sus pensamientos pero su rapidez con las manos y su delicadeza en la colocación de los pescados era única. – ¡Qué bien enlata esta niña!, decían. En pocos meses Sabela pasó a trabajar en la cadena de la línea de calidad, las mejores sardinas eran las que pasaban por sus manos.
Un día llegando a la fábrica empezó a llegar un cotilleo de que estaban apareciendo seres fantásticos en Cataluña y parece ser que salían de las latas de conserva que fabricaban en la Massó. Ese día despidieron a Sabela por meiga/bruja. Que imaginara cosas estaba bien, pero que contaminara con sus ideas las latas de la empresa no se podía permitir.
Ella salió corriendo hasta uno de los lugares más altos, en la fraga, un lugar llamado Castelo. Si soy Mora tendré que ir a buscar consejo a un lugar mágico. Miró al mar y decidió que era el momento de ir allá, pero ¿cómo hacer?. En ese momento los carballos zoaron y un travieso duende apareció detrás de una silvera. “Sabela vete a Vigo, desde allí están saliendo barcos hacia América. Estos días vino un Alux a visitarme y sale hacia su casa de vuelta en el barco de hoy a las 3. Espera en el peirado , la contraseña para que sepa quién es y que vas de mi parte es #galyuc”. (pero esta es otra historia)“.
La cosa es que después de unos años en ese otro lado del mar Sabela construyó una casa en un árbol en una roca en el medio del atlántico. La roca crecía al mismo ritmo que su casa e iba cogiendo formas y tegiendo acantilados o playas en función del humor que tenía el mar ese día. Está, dicen, construyendo un negocio. Parece que, como se dice ahora, es “emprendedora”. Y ¿qué hará? Pues seguir haciendo latas de conserva pero esta vez no las llena con pescado sino con ideas, ideas que combinadas crean superhéroes específicos para cada uno de los que quiera abrir una lata. Latas que no son herméticas, sino que viajan abiertas porque parece que hay ingredientes que deben ser introducidos más adelante. Y las latas y las ideas son intercambiables, pueden mudar, enredar, fragmentar, pegar. Sólo hay un peligro: que a veces hay pequeños virus que quieren contaminar esas ideas.

Póster HackConserveira

Personaje: Adela Vázquez @AdelaVV (collage que nace en el taller Interactivos?’13)

Texto: María Masaguer @maria_aak

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